Entrevista a nuestro colegiado Pedro José Villanueva: «Estamos repitiendo viejos errores, y despreciamos el sacrificio de tantos inocentes», publicado en el periódico La Nueva Crónica el 30 de mayo de 2021

Entrevista a nuestro colegiado Pedro José Villanueva: «Estamos repitiendo viejos errores, y despreciamos el sacrificio de tantos inocentes», publicado en el periódico La Nueva Crónica el 30 de mayo de 2021

Desde el Colegio les recomendamos la entrevista realizada a Pedro José Villanueva, miembro de la Junta y representante del Colegio en la provincia de León: “Estamos repitiendo viejos errores, y despreciamos el sacrificio de tantos inocentes”, publicado en el periódico La Nueva Crónica el 30 de mayo de 2021

«Estamos repitiendo viejos errores, y despreciamos el sacrificio de tantos inocentes»

ENTREVISTA Pedro J. Villanueva, autor del Festival de la Cosecha, un libro sobre la mayor matanza nazi en un solo día

Tras moverse en otros géneros literarios, conquistado por su pasión por la romanización, lo que le llevó a escribir dos novelas de literatura Juvenil: El principio, raíces celtas y La Huella de Roma. Y después destripando los entresijos del Hospicio de Oviedo en un ensayo novelado, quiso adentrarse en la vida de la conocida periodista gallego polaca, primera corresponsal española, Sofía Casanova. Pero «me pudieron los personajes», dice, que le salieron al paso de esa investigación que arrinconó y se quedó en un momento de la historia. El Festival de la Cosecha, una fecha luctuosa de 1943 que representó la mayor matanza de civiles a manos nazis en un solo día. La crueldad que destapa hace que su libro no sea para todos los públicos e incluso que algunos lectores cero hayan sido cancelados en las redes sociales. El nazismo y sus trapos sucios sigue siendo un tema tabú que Villanueva desentraña en una novela que se presenta el 3 de junio en la UNED de Ponferrada y que está llamada a convertirse en bestseller.

-¿Por qué el Festival de la Cosecha?
-Quería escribir algo sobre Sofía Casanova, poetisa gallega y primera reportera de guerra con todo su trabajo para el ABC. Me atraía ella y la sirvienta que siempre la acompañaba, Pepa, una mujer muy gallega y con humor muy especial. Pero una tarde de café, mi amiga Emilia Lagunar, me invitó a hablar con una chica que tenía familia en Polonia. En ese momento nunca hubiese imaginado las vueltas que iba a dar mi vida cambiando todo. Días después, quedo para hablar con Sonia Menéndez (Stelmach), que me cuenta la historia de su familia; me habla de su padre, de su historia de amor en plena Segunda Guerra Mundial; y según fui hilando lo que me contaba, me di cuenta que ahí estaba la novela. Tuve que cambiar toda la estructura que tenía en mi cabeza y adaptarla. Los personajes me pudieron.

-Pero ¿cuál fue la chispa que lo rompió todo?
-Es el conjunto de su historia lo que la hace diferente; es como estar viendo una serie de televisión, pero con hechos reales.   Me contó que su abuelo fue un voluntario español obligado a ir al frente. Se vio en Leningrado, en el 42, en la batalla del Lago Ladoga ,y  en otras batallas criminales. Este hombre salvó a un alto mando nazi, y lo nombra su asistente. Ahí es donde se lía todo. Después de recuperarse de sus heridas es enviado a Lublin (Polonia) donde se enamora de una polaca, que hacía de enfermera, cocinera, pero también recomponía los cadáveres de los oficiales alemanes que venían del frente. Hay una historia de amor incursa dentro de un hecho histórico sin precedentes, el Festival de la Cosecha. Ella no lo quiere, porque es el enemigo, pero ella lo atiende igualmente, y él se enamora de ella. Al final sí hay historia de amor y cambian, y ambos aprenden con todo lo que viven juntos. Él es un chaval que llega a la guerra y que no sabe nada de ideologías, pero sí sabe diferenciar sobre lo que ve allí. Cambia de ideales, abandona el ejército. Le dan la Cruz de Hierro de Segunda Clase nazi, una condecoración con la que en España te abrían una farmacia o un estanco, y no lo menciona nunca. Acaba siendo un desconocido que tomaba dos vinos y contaba historias en las que nadie creía. Abandona todo por ella y promete lo que dice, irse con su amor hasta el fin de sus días sin que nadie sepa de sus vivencias.
Ahí en medio, dentro de toda esta historia de amor, está el festival de la cosecha: el 3 de noviembre de 1943. Es la mayor matanza de civiles en un solo día, en horas, en la II Guerra Mundial. Fueron 18.000 fusilados, pero se habla de que, en todos los campos del Distrito de Lublin, se llegaron a fusilar a 50.000 personas. No son campos muy conocidos, aunque fueron los primeros campos de prueba que utilizaron los nazis. Allí, lo que se gestó, fue terrible.

-¿Qué es lo que más le sorprendió de ello?
-Encontré personajes femeninos muy crueles y eso me sorprendió mucho. Una de las guardias SS, fue capaz de matar a una prisionera judía embarazada; con la connotación de que ella también estaba encinta… ambas. La asesinó lanzando un perro contra ella delante de sus compañeras. No tenían límites.

-¿Todo eso le llevó a ir a Polonia?
-Sí, hice dos viajes. No tuve más remedio que seguir el camino que me marcaban los personajes para aclarar muchas dudas. En el campo de Majdanek, descubrí entre otras cosas, que hubo tres prisioneros españoles republicanos que murieron allí, de hecho, hay un monumento en homenaje a los españoles muertos en el campo. Pude hablar con hombres y mujeres, de un valor excepcional, que fueron prisioneros y que aún viven. Muchos de ellos son personajes de la novela y, tuve que poner voz a sus vivencias de forma obligada; es imposible obviar lo que vivieron. La experiencia fue buena, pero tengo claro que no volveré a escribir de campos ni del Holocausto nunca más. No voy a volver a entrar en un campo de concentración.

– ¿Le marcó ese paso?
-Sí, mucho. No soy el mismo. Buscaba los detalles de lo que me contaban. Si me decían que se ponía una música determinada para entrar a la cámara de gas, no paraba hasta que la encontraba…y eso es bestial; escuchas esa música e imaginas a todos esos inocentes camino a la muerte… Hay historias crueles con niños que te pasan factura. Cuando volví de Polonia, estuve enfermo y tuve que aislarme mentalmente para poder continuar la novela.

-Y escribir sobre todo eso ¿cómo ha sido?
-Duro. A veces tenía que parar, masticar, volver a escribir y volver a parar. Por eso ahora me planteo ya las presentaciones y cómo hacerlas. Sí que me importa que el libro se lea, y creo que lo que puede transmitir el libro es importante, pero, por otro lado, no me apetece recordar a cada momento determinadas cosas. Es una sensación extraña.

-Invita a la lectura, pero parece que no es para todos los públicos…
-No lo es. Por ejemplo, las presentaciones no son para niños y serán duras porque hay detalles concretos muy crueles. Le pongo un ejemplo: hay un personaje que es el maquinista de los trenes que llevaban familias judías al campo de Belsec, de esos hombres grises que salen cuando las leyes no existen y que no están en primera fila, pero que pueden ser bestialmente crueles. Él, llevaba los vagones llenos de niños de familias judías y participaba en las selecciones…. disfrutaba con su sufrimiento. Decía que no entendía por qué sufrían al matar a los niños, si a la larga iban a ser alimañas como sus padres, y disfrutó especialmente un día en el que los ucranianos, que fueron tanto o más sádicos que los nazis, en lugar de dispararles, los enterraron vivos. Era un grupo de cien niños, y el maquinista, relató a testigos del pueblo, que había disfrutado al ver moverse la tierra como si estuviese plagada de lombrices. Esos comentarios te marcan. Otro comentario, es que se llegaban a quemar tantos cadáveres en las parrillas metálicas que, en el pueblo de Belsec, las ventanas de las casas de llenaban de grasa humana. Son relatos duros.

– Y al descubrir esa barbarie ¿le deja la sensación de que no se ha contado todo?
-Hay mucho aún por contar. Cuando hablas de este tema tienes la sensación de que ya no hay nada más que imaginar. Siempre hacemos la mención a películas como la Lista de Shindler, pero estar en esos campos, algunos de ellos casi intactos, porque a los alemanes no les dio tiempo a destruirlos, da mucha información. Me impresionó especialmente, que los que habían estado en el campo de concentración y volvían después a sus casas y sus trabajos, nunca decían que habían estado allí; para ellos era una vergüenza. Tenían asumido que eran delincuentes, y que estaban en el campo como delincuentes.

– ¿Encontró muchas dificultades para poder hablar de lo que quería en el libro?
-Hay mucha diferencia entre Polonia y España a este respecto. Aquí siempre intentamos escapar, poner trabas a conocer nuestra historia. Y en Polonia te ponen la alfombra roja para que hables de su pasado, aunque les afecte negativamente, en definitiva, es lo que sucedió y así tiene que contarse. Hay mucha más facilidad para encontrar documentación en Polonia que aquí. Por ejemplo, en mi caso, el Instituto Cervantes no me ayudó cuando me puse en contacto con ellos; y es gente que trabaja con dinero público para ayudar a los investigadores entre otras cosas. No es que te digan que no directamente, simplemente desaparecen y no se implican en nada; están muy cómodos; está claro que molestas. Es una pena, estoy seguro que si a alguno de sus alumnos les propones participar en un proyecto así, estarían encantados. Pero puedo apostar a que ni se han enterado. En Polonia, han aprovechado para dar a conocer, a través de mi novela, la investigación de los condes de Zamosc, que ayudaron a cientos de niños a salvar sus vidas de las matanzas en los campos de concentración, y me abrieron las puertas. Aquí no ayudan, es la cultura de la comodidad. Baste mirar, respecto a las dificultades que hay actualmente a indagar sobre algunos temas de la Guerra Civil Española o sobre el Golpe del 23 F. con documentos aún censurados.

– Al final, la historia de Sofía ¿donde quedó?
– Quedó solapada, pero he dejado su esencia y vivencias en la obra.

– ¿Cuánto hay de realidad y de novela en el libro?
-La realidad es el 99,9% y el resto, lo novelado, es para cargarme a alguno de los malos. No pude reprimirme a darles una muerte merecida.

-¿Qué reflexión queda de todo esto?
-Me lleva a la actualidad. A recordar la imagen de la conmemoración de la II República: se veían dos manifestaciones en Madrid, unos con la bandera de la hoz y el martillo, y otros con la bandera de la Dictadura Franquista. O a las Elecciones madrileñas: Fascismo versus Comunismo… y la reflexión, es que estamos repitiendo viejos errores, y despreciamos de esta manera el sacrificio de tantos inocentes. No estamos entendiendo el mensaje. Estamos haciendo lo mismo…parece que nos queda lejos y que nada nos afecta; pero no es así. Somos imbéciles sin remedio.

-¿Habrá una segunda parte del Festival de la Cosecha?
-No, de este tema no quiero volver a hablar. Pero me está atrayendo la revolución negra, la historia de Haití. Es muy violenta, pero los haitianos consiguieron su libertad de los franceses a costa de dinero. Siguieron pagando su deuda por las pérdidas de sus esclavistas en los 1968. Eso me llama la atención.

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