Artículo: ¿‘Green New Deal’?, ¿qué ‘Green New Deal’?, por Luís González Reyes, publicado en la revista Contexto el 3 de abril de 2019

Artículo: ¿‘Green New Deal’?, ¿qué ‘Green New Deal’?, por Luís González Reyes, publicado en la revista Contexto el 3 de abril de 2019


Bajo la etiqueta de transición ecológica puede haber muchas políticas. Las opciones electorales que la están usando proponen medidas en torno a las renovables y la electrificación de la economía

 

¡ Durante estos tiempos de campañas electorales ha vuelto a resurgir el imaginario ecologista como un elemento importante en la comunicación de varios partidos. ¡Bienvenido sea! Ese imaginario está girando en gran parte alrededor del Green New Deal (o la transición ecológica o el horizonte verde). En este breve texto reflexiono sobre qué tipo de sociedad dibujan esas propuestas y cómo considero que deberían ser los contenidos de una política que afrontase los desafíos actuales.

 

El imaginario proyectado del Green New Deal y sus límites

 

El Green New Deal tiene como trasfondo una constatación importante: la insostenibilidad estructural del capitalismo fosilista, tanto por sus implicaciones climáticas, como por la falta de recursos para sostenerlo. Es un punto de partida fundamental que abre todo un mundo de nuevos y prometedores horizontes políticos.

 

A partir de este punto de inicio, bajo la etiqueta de Green New Deal puede haber muchas políticas distintas. Las opciones electorales que la están usando, con matices, proponen medidas que giran alrededor de un gran desarrollo de las energías renovables de alta tecnología y una expansión de la electrificación de la economía, siendo el coche eléctrico un paradigma central de dicha electrificación. Las smart cities y el internet de las cosas serían otros. Se argumenta que esto va a generar un gran número de puestos de trabajo y activar la economía, al tiempo que reducirá las emisiones de gases de efecto invernadero hasta cero. Se proyecta que las renovables van a poder dar las mismas prestaciones que los combustibles fósiles. Para conseguir los fondos necesarios, una apuesta recurrente es la creación de dinero abrazando la Teoría Monetaria Moderna.

 

Este imaginario tuvo algún sentido en el siglo XX, pero no lo tiene en el siglo XXI. Era posible (digo posible, no justo ni sostenible) en un entorno de recursos abundantes, pero no en uno de recursos materiales y energéticos menguantes. Veamos por qué.En lo que respecta a las apuestas por un aumento de la eficiencia gracias a la transferencia de datos posibilitada por internet, su carácter inmaterial y su condición ambiental inocua son falsos. Por ejemplo, cada ordenador supone extraer y procesar 1.000 veces su peso en materiales, con el transporte de productos que ello implica y los impactos ecológicos de su producción. Unos materiales que además son escasos. Y la cuestión no son solo los recursos en la fabricación, sino los residuos contaminantes que se generan. Por otra parte, el funcionamiento del ciberespacio y la sociedad de la imagen demandan una considerable cantidad de energía: si se suma todo el ciclo de vida de los aparatos, las TIC implican el consumo de más del 4% de toda la energía (no solo electricidad) del mundo.

 

cada ordenador supone extraer y procesar 1.000 veces su peso en materiales, con el transporte de productos que ello implica

 

Las energías renovables (incluyendo la biomasa) no son suficientes para mantener los niveles de consumo actuales y, con las tecnologías de las que ahora disponemos, apenas llegaríamos a alcanzar la mitad en un escenario de máximos. Estas limitaciones provienen de tres factores: el carácter poco concentrado de las renovables; el hecho de que, frente a los combustibles fósiles que se usan en forma de energía almacenada, las renovables son flujos; y que la energía neta que proporcionan muchas de ellas es baja. No son problemas técnicos lo que limita a las renovables, sino físicos. Y con la física no se negocia.

 

A esto hay que añadir que las renovables, en su formato industrial e hipertecnológico, son una extensión de los combustibles fósiles más que fuentes energéticas autónomas. Todas ellas requieren de la minería y el procesado de multitud de compuestos que se realiza gracias a los fósiles. También de maquinaria pesada que solo puede moverse con combustibles fósiles.

 

Las renovables se usan hoy en día fundamentalmente para producir electricidad, sin embargo, la electricidad no sirve para todo. Alrededor del 85% del consumo energético mundial no es eléctrico. En concreto, no es buena para mover camiones, tractores o excavadoras que requieren autonomía de movimiento, ya que las baterías pesan mucho. Otro sector con fuerte dependencia de los fósiles es el petroquímico.

 

Las inversiones en renovables se han incrementado y las mejoras tecnológicas han permitido una rebaja de costes y un aumento en la eficiencia. Sin embargo, las inversiones para una transición a un sistema energético centrado en las renovables son astronómicas. Por ejemplo, desarrollar la infraestructura mundial de redes eléctricas para una sociedad 100% eléctrica implicaría multiplicar por 5-10 la actual. Si se incluyesen los más de 1.000 millones de personas que no tienen acceso a electricidad, la red debería crecer unas 15 veces.

 

Para hacer real el coche eléctrico masivo sería necesario: el aumento de potencia renovable; de la red eléctrica, que además se debería reestructurar para soportar un suministro discontinuo y descentralizado; de los puntos de enganche a la red, que deberían ser más abundantes que las gasolineras, pues la autonomía de los vehículos eléctricos es menor; grandes sistemas de almacenamiento de electricidad, lo que tiene fuertes desafíos tecnológicos irresueltos; la conversión de un inmenso parque automovilístico con motores de explosión a motores eléctricos partiendo casi de cero (el gasto energético de esto ronda la extracción anual de petróleo y fabricar un coche consume el 19-30% de la energía que gastará durante su vida útil). Además, en un escenario muy de máximos, debido a las limitadas reservas de litio, níquel y platino el número de vehículos eléctricos será notablemente menor que el parque automovilístico actual.

 

Pero el problema del coste energético es más profundo. Sustituir el 2% de la potencia instalada fósil al año por energías renovables (suponiendo una tasa de retorno energético de 10:1, que es probablemente más alta de que que realmente tienen las renovables, y un tiempo de vida de 40 años) requiere una inversión energética de 4 veces la potencia que se quiere instalar, pues la naturaleza no adelanta el crédito energético (no es posible fabricar un aerogenerador con la energía del mañana). Esto implica que, en realidad, el descenso de potencia disponible no será del 2%, sino del 8%. De este modo, invertir en una transición energética significa reducir la energía disponible a corto plazo de forma más rápida que si no se hiciese la apuesta por un nuevo modelo energético. Solo después de 7 años (más de una legislatura) la inversión energética empezará a ser menor que la caída de recursos fósiles. Y, cuanta mayor cantidad de energía renovable se quiera instalar de golpe, mayor tendrá que ser la inversión energética, la caída de la energía total disponible y el tiempo a partir del cual la inversión se compensará.

 

Otro factor que se debe considerar es el tiempo, pues los plazos requeridos para construir las nuevas infraestructuras se adentran en las curvas de caída de la disponibilidad de combustibles fósiles (los máximos de disponibilidad de todos ellos llegarán en los próximos años, lustros a lo sumo) y, por lo tanto, dificultan enormemente la transición energética ordenada. En el capitalismo fosilista, los nuevos sistemas de producción energética se han instalado en 50-75 años. Y en todos los casos no se realizó una sustitución de fuentes, sino una adición y, además, no se redujo el consumo de energía, sino que aumentó.

 

Todo esto sin entrar en la imposibilidad de sostener el crecimiento, incluso si este es “verde”, en un mundo que está chocando con los límites de recursos disponibles. Y también dejando a un lado los problemas de financiación, que están lejos de resolverse mediante la “magia” (tal vez incluso sin comillas) de crear dinero por parte del Estado y que requieren una desposesión conflictiva de las élites económicas.

 

Otros imaginarios bajo el Green New Deal

 

Todo esto no implica que el futuro no será el de las energías renovables, que lo será inevitablemente, ni que no haya que apostar por ellas, que hay que hacerlo como prioridad política central. Supone que el futuro será radicalmente distinto del presente y que la apuesta por las renovables no debe obviar otras políticas que deberían estar en el corazón del Green New Deal.

 

En primer lugar, y siguiendo con el tema de las renovables, hay que abrir el foco y considerar que necesitamos las renovables para muchas más cosas que para producir electricidad. Por ejemplo, es necesario recuperar máquinas que usen la energía mecánica del agua o del viento para realizar trabajo. Esto implica descentralizar los espacios productivos y llevarlos a los emplazamientos donde las renovables pueden dar las prestaciones.

 

Pero las energías renovables no son solo el viento, el sol o el agua. Las energías renovables son también las que nos proporcionan nuestros músculos y los de otros animales. Pensémonos como máquinas autorreparables (si los daños no son graves), que se alimentan con fuentes 100% renovables y muy versátiles. Esta revitalización del trabajo humano y animal implica volver, entre otras cosas, a poblar los campos para realizar las tareas agrícolas conforme empiecen a escasear las potentes máquinas que realizan ahora estas tareas.

 

hablar de un mundo rural vivo tiene mucho menos tirón que hacerlo de alta tecnología, pero lo primero enfoca mucho mejor la situación socioambiental

 

También hay que atender a la composición material de las renovables que, en un mundo que inevitablemente tendrá que considerar los límites de disponibilidad material, tendrán que ser también renovables. Es decir, basarse en gran parte en la biomasa. Esto obliga a una reducción en el uso de materiales y que es imperiosa una buena gestión y elección de los destinos de la biomasa. Nuevamente, las miradas se dirigen hacia el mundo rural.

 

No existen sustitutos del petróleo que puedan sostener un trasiego a largas distancias en cortos espacios de tiempo de grandes cantidades de información, bienes y personas. Esto obligará a economías locales. Pero las economías no solo serán más locales, sino que también serán fundamentalmente agrícolas, pues una sociedad industrial solo se puede sostener mediante combustibles fósiles.

 

Además, descarbonizar la economía en los plazos que son necesarios para que el cambio climático no se desboque (un par de lustros a lo sumo) requiere fijar grandes cantidades de CO2 de la atmósfera además de dejar de usar los combustibles fósiles. Esto se puede hacer mediante políticas de renaturalización masiva de amplias regiones y de apuesta decidida por la agricultura ecológica: la agricultura mundial podría fijar 0,4-1,2 GtC/año mediante técnicas de arado mínimo y agricultura ecológica.

 

Energías renovables para producir trabajo, seres humanos y animales como vectores energéticos, fuentes materiales renovables, economías locales y agrarias… todo ello fija un objetivo central para el Green New Deal: articular un mundo rural vivo y agroecológico. Es un objetivo que para quienes consideran que queda tiempo y margen de maniobra antes del colapso sistémico avanza en la dirección de los cambios que se van a producir inevitablemente y, para quienes argumentamos que el colapso ya lo estamos viviendo facilita la construcción social de las alternativas emancipadoras necesarias.

 

Articular un mundo rural vivo es un objetivo que no es nimio ni sencillo. Es el desafío que está detrás de las protestas contra la “España vaciada”. Requiere de un cambio de la visión de lo rural: su revalorización a costa del mundo urbano. Para ayudar a ello, es necesaria una importante inversión. Por ejemplo, en servicios públicos (que son más caros que en espacios urbanos, ya que cada infraestructura atiende a un número menor de personas). También una legislación que no promueva el éxodo rural. A nivel municipal, por ejemplo, recalificando terrenos urbanos en las ciudades en terrenos rústicos. A nivel estatal derogando los tratados de libre comercio firmados y poniendo en marcha normativas que prioricen la producción local justa y sostenible. Y por supuesto realizando una reforma agraria que convierta el latifundio en una gestión comunitaria de la tierra.

 

En nuestra sociedad, hablar de un mundo rural vivo tiene mucho menos tirón que hacerlo de alta tecnología, pero probablemente lo primero enfoca mucho mejor cuál es la situación socioambiental que atravesamos y qué tipo de Green New Deal necesitamos. Para quienes consideran que el Green New Deal es un imaginario ganador en las próximas elecciones y, al tiempo, son conscientes de la situación que estamos atravesando es fundamental que este imaginario proyecte una sociedad posible y justa, y no una que después no se va a poder llevar a cabo, con las consiguientes frustraciones sociales.

 

Finalmente, el Green New Deal, ante todo, no es una responsabilidad exclusiva de las instituciones. Es un desafío del conjunto de las poblaciones que no podemos escamotear, pues nos va mucho en ello. Desde los distintos gobiernos se pueden y deben facilitar los cambios necesarios, pero el motor de esas mutaciones debe estar en la sociedad organizada para que, al tiempo que construimos satisfactores a nuestras necesidades que se adapten al colapso de la civilización industrial, sean justos, democráticos y sostenibles.

 

Luis González Reyes es miembro de Ecologistas en Acción.

Fuente de información

 

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